Razones de la nueva era - América Latina en Movimiento
ALAI, América Latina en Movimiento

2009-09-29
Clasificado en:   Internacional: Internacional,
  Social: Social, MedioAmbiente,
Disponible en:   Español       

Razones de la nueva era

Darío Botero Pérez

Basta con rebajar nuestra pretensión de dominar la naturaleza
 y elevar nuestra pretensión de formar físicamente parte de ella,
para que la reconciliación tenga lugar.
 Cuando el hombre esté orgulloso
no sólo de ser el lugar donde se elaboran las ideas y los sentimientos
sino también el nudo donde se destruyen y se confunden,
 entonces estará listo para salvarse”.
 
 Autor desconocido
 
La era de los cazadores ha concluido. Dan sus últimos estertores, y son conscientes de su caducidad, aunque no logran entender que se la han labrado ellos mismos, por retrógrados e ineptos. No obstante, si no los repudiamos abiertamente, seguirán medrando, pues ganas les sobran.
 
Si la historia le dio la razón a Alejandro Magno, la crisis total actual demuestra que ya la perdió.   Continuando con la metáfora, llegó la hora de los filósofos como reemplazo de los guerreros. Sería el turno de Aristóteles, si no se atravesase Diógenes, tan sabio y necesario para superar el consumismo desaforado, que hace dioses a los potentados criminales.
 
 Semejante enredo conceptual puede significar una ruptura definitiva con miles de años de civilización humana subordinada por la fuerza a los violentos, a los resueltos, a los ambiciosos desalmados, auto calificados de héroes y glorificados como dioses.
 
Por eso, es pertinente interpretar el desafío de extinción o cambio que plantea la crisis total y definitiva en que estamos inmersos, como la gran oportunidad para instaurar una Nueva Era de la humanidad.
 
En tal caso, el cambio radical de los paradigmas sociales justifica postular que no es la “historia” –reconocida como el largo período del imperio de la violencia- sino la neo historia (o lo posterior a la “historia”), el período en el que ingresamos.
 
Éste se caracteriza por el imperio de la inteligencia y la conquista de la dignidad universal, siempre atropelladas por los grandes protagonistas de la historia: los vencedores.
 
Lo cierto es que los recursos de la violencia, de la depredación, el arrasamiento, el saqueo, la destrucción y el genocidio, han caducado definitivamente como modelos de progreso para cualquier sociedad actual.
 
Si la historia se ha caracterizado por una lucha frenética entre pueblos diferentes, que puede explicarse antropológicamente como una batalla constante y legítima por la supervivencia; si su motor ha sido la guerra con todas sus miserias; ya la humanidad ha alcanzado un grado de desarrollo capaz de liberarla de esas lacras.
 
Pero es tan alto y sorprendente, su poder liberador es tan enorme e insólito, que los guerreros no lo entienden debido a su elemental y primitiva proyección de la violencia como la única matriz de futuro.
 
Tal fijación letal la determina su cerebro reptiliano, tan distinto al de los niños “índigos” y “cristales” del tercer milenio.   Éstos tienen la misión de orientarnos en la tarea fundamental de enmendar los errores históricos de los potentados, para evitar el desastre inminente.    Pero el compromiso y la lucha nos competen a todos los seres sensibles, defensores de la vida y su dignidad, independientemente de cómo se manifieste.
 
Así damos origen a la neo historia, la del amor y la solidaridad que tan fácilmente florecen en los corazones de los mansos pero jamás pelechan en los de los potentados.   Por eso, su tiempo ha pasado. Tienen que ceder el comando de la sociedad a la inteligencia, pues la fuerza bruta que los distingue ya no tiene cabida ni justificación.
 
Estamos superando los enfrentamientos clásicos de la historia, que incluyen hermano contra hermano, clan contra clan, pueblo contra pueblo, buscando la eliminación del rival o contrincante, preferiblemente calificado de “enemigo” para poder enardecerse y enceguecerse en la tarea de matarlo.
 
El gran fruto de la globalización ha sido la hermandad mundial entre los cibernautas, cada vez más amplia, tolerante, informada y solidaria.
 
Ese contacto directo entre los seres humanos, no filtrado por los intereses de los potentados, les ha permitido entender que “el otro”, a pesar de sus peculiaridades culturales, de su idiosincrasia, de su singularidad, no es un enemigo sino un hermano.
 
Comprenden que los terribles daños causados por la mentalidad guerrera que ha imperado, exigen la presencia, masiva y activa, de todos los hombres de buena voluntad, sin intermediarios ni ”representantes”, para salvar el mundo y su diversidad, incluyendo las expresiones de vida aún no desaparecidas
 
Tal como lo propone el jurista costarricense Walter Antillón en su escrito “Un manifiesto ecologista I” (elpais.cr, 23/09/2009), es hora de reconocerle personería jurídica a la naturaleza, para dejar de tratarla como nuestra propiedad, negándole sus derechos subjetivos en perjuicio de todos..
 
Tampoco podemos seguir tolerando que: “De espaldas a la Naturaleza, inspirados en los paradigmas del antropocentrismo y el hedonismo (principio del provecho y el goce) los grandes empresarios y los políticos, seducidos por un modelo desorbitado de producción y consumo, no sólo han sumido en la miseria a una parte mayoritaria de la Humanidad, sino que han saqueado y corrompido la Naturaleza hasta un grado tal que los efectos empezaron a ser visibles: recalentamiento, efecto invernadero, smog, desertización, extinción de especies animales y vegetales, escasez de agua potable, etc...”. 
 
Por tanto, coincidimos con la única conclusión viable que postula el lúcido autor: “Este sería, pues, el efecto y la culminación de la ‘Era Antropocéntrica’; lo que está haciendo el ‘rey de la creación’ en el momento en que aparece el Derecho Ambiental.” (Subraya agregada)
 
Incidentalmente, ese antropocentrismo restringido y arcaico toma la forma de elitismo.   Éste es evidente en el pueblo judío, históricamente perseguido, quizás por haberse auto designado “pueblo elegido”. Desde que alegó tal carácter, se ha convertido en un factor de desestabilización general que lleva demasiado tiempo perturbando la paz mundial. 
 
La humanidad requiere y exige una solución definitiva para detener la desmesura sionista que induce, desde los tiempos bíblicos, a los inescrupulosos dirigentes judíos, tanto como a los creyentes, a exterminar a los palestinos para arrebatarles la llamada “tierra prometida”.   Por mucho, el mesianismo sionista ha sido la gran calamidad humana, tal como lo demuestra la historia y lo confirma la actual ofensiva criminal de despojo y asesinato contra las víctimas de los herederos de Moisés.
 
Es algo indispensable y urgente, si queremos que la especie humana tenga una segunda oportunidad sobre la Tierra, no sólo como la más depravada de todas, sino, también, como la única que tiene el poder para enmendar los daños causados y garantizar un futuro, que no puede ser más que digno y armonioso, ecuménico, fraternal y luminoso.
 
Éste es el desafío que enfrentamos. Por eso tenemos que denunciar, repudiar y castigar a quienes nos gobiernan habiendo perdido su justificación histórica y caído en un evidente anacronismo que los retrata como criminales sin causa.
 
Son asesinos y depredadores naturales, enemigos de cualquier manifestación de vida, por un determinismo biológico que los ubica como monstruos. Por fortuna, son escasos, pero tan desalmados que aplastan a los demás humanos nacidos sin esa tara. O sea, se constituyen en los verdugos de las mayorías pacíficas amantes de la armonía, la convivencia, la tolerancia, el respeto y el progreso auténticos.
 
Todos los potentados están inhabilitados para entender el presente y admitir la sociedad horizontal como la única forma de organización social que le permitiría a cada ser humano hacer su aporte inteligente, en vez de consumirse en la frustración del desempleo o del empleo como máquina dotada de fuerza bruta y sin cerebro; o peor, como asesino invasor, cual cualquier ciudadano usano del montón.
 
Es intolerable que los jóvenes sigan siendo desperdiciados como carne de cañón en guerras sin justificación, cuyo gran propósito es enriquecer más a los potentados que desprecian la vida ajena.
 
 Aún retumban las palabras que Cindy Seehan, madre de un soldado USAno muerto en Irak, le espetó a George Bush Jr., en la asociación de Veteranos de Guerra por la Paz: “No quiero que use la muerte de mi hijo o el sacrificio de mi familia para continuar con la matanza; no quiero que explote el honor de mi hijo y de otros para continuar matando. Enviaron a unas personas honorables a morir, y por lo tanto ellos no son honorables; le voy a preguntar ‘dime cuál es la causa noble por la que murió mi hijo’, y si responde ‘libertad y democracia’, le voy a decir que es pura mierda. Dime la verdad, dime que mi hijo murió para hacer a tus amigos más ricos; dime que mi hijo murió para promover el cáncer de la pax americana, el imperialismo en Medio Oriente; dime eso, y no que ni hijo murió por libertad y democracia” (Revista TIC No. 3, p. 42)
 
El exterminio de pueblos tiene que acabar. Pero no serán los gobernantes sino los integrantes comunes y corrientes de esos pueblos, los ciudadanos de la “aldea global”, quienes corregirán el rumbo, poniendo la riqueza a su servicio en vez de entregársela a los potentados para que nos aplasten a todos y acaben con los restos de la biosfera.
 
Ésta ha sido y sigue siendo seriamente agredida tanto por el egoísmo hirsuto de los potentados como por la noción de reyes de la creación que algunas religiones. de amplia difusión, le atribuyen a la especie humana o, al menos, a quienes comparten tales creencias. Se trata del individualismo y el antropocentrismo miopes a los que alude Antillón en su escrito. Ambos constituyen lastres ideológicos culpables del descalabro general; ambos son los principales enemigos de la sociedad y la naturaleza.
 
En consecuencia, tenemos la obligación y la oportunidad de instaurar la Nueva Era que nos garantice una vida digna y plenamente realizada, basada en valores de hermandad universal que la furiosa competencia capitalista niega, y las soberbias racial e ideológica pisotean.
 
Retomando a Antillón, “Es preciso entonces imaginar que la especie humana podría acceder, con ayuda de todo lo que sabe y tiene, a una etapa superior, que podríamos llamar ‘la Era Ecológica’” (id.)
 
Si no asumimos nuestra responsabilidad colectiva, como individuos conscientes capaces de reclamar y ejercer sus derechos, los potentados nos sumirán en el abismo a cuyo borde nos han traído.   Su timidez para tomar medidas eficaces que detengan la catástrofe climática obliga a la humanidad consciente a desenmascararlos y exigirles decisiones radicales a corto plazo.   En Copenhagen se juega el futuro, y es algo que a todos nos incumbe.
 
¡No es neurosis sino evidencia!


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