ALAI, América Latina en Movimiento
2008-10-14
Un marco crítico para comprender la actual crisis financiera
Antonio Romero Reyes
¿Qué está en crisis?
Es preciso comprender al neoliberalismo como una “filosofía integral”, no solamente como un determinado estilo de gestión de la política económica. Si la reciente crisis inmobiliaria ha reforzado el descrédito del neoliberalismo esto no significa necesariamente su fin. Tampoco significa “el fin de una era”, aun cuando sea específicamente entendida como el fin de la (super) hegemonía Made in USA, sin ser este el caso. Si estamos ante una crisis cuyo epicentro son los EEUU y -más concretamente aun- la del sistema financiero centrado en Wall Street, aunque diste de comprometer seriamente la viabilidad de todo el sistema capitalista; si estamos de acuerdo que esta crisis pone en entredicho -en el plano del pensamiento- al neoliberalismo financiero aunque el paradigma “civilizatorio” del mercado se mantenga todavía incólume en el imaginario de millones de seres humanos; si no hay cataclismo socioeconómico ni político, pero sí crisis financiera; aun así, todo ello no debería inducirnos a descartar la hipótesis que postula -como hace Marco Gandásegui- que “La caída de Wall Street refleja la crisis del capitalismo mundial”.
Es importante tener muy en claro la distinción entre potencia hegemónica y potencia dominante. La primera sustenta su poder, de un lado, en la supremacía económica de los intereses “nacionales” (en este caso, del estado norteamericano y de sus grandes corporaciones privadas) sobre las relaciones económicas entre países y estados; de otro, en la capacidad de control absoluto, por parte de esos mismos intereses, sobre la división internacional del trabajo, el comercio mundial de mercancías y el movimiento de capitales, principalmente; control absoluto respaldado por el poder tecnológico y militar, considerados insuperables e incontestables. Viendo así las cosas, una de las diferencias entre potencia hegemónica y potencia dominante es de grado: en términos de escala territorial, la influencia de la segunda se limita a una determinada región o continente, así como se le asigna una participación subsidiaria en la gestión global de los intereses (económicos, políticos y estratégicos) de la primera. En esto consiste, gruesamente hablando, el orden global que nos ha venido rigiendo, con sus inevitables vaivenes y relaciones de fuerzas, hasta el presente, donde América Latina como un todo y otras regiones del Sur mantienen una participación marginal, subordinada y dependiente.
La crisis del monetarismo neoliberal
La historia reciente hay que insertarla necesariamente como parte de un largo proceso que, en el siglo XX, se inició con el crac del 29, al cual le siguió una larga transición (hasta 1945) que desembocó en el establecimiento -por primera vez en la historia- de un orden monetario internacional representado por los acuerdos de Breton Woods. Este último (junto al Plan Marshall) sustentó la reconstrucción, recuperación y relativa estabilidad del capitalismo hasta mediados de los 70. La presión proveniente de la creciente movilidad de capitales y la internacionalización de los flujos financieros privados indujo el abandono del sistema de paridades fijas; esto se tradujo, en el plano político-institucional, en el cambio de las finanzas internacionales (es decir, entre países) basadas en el patrón-oro a su mutación en patrón-dólar (agosto 1971), implicando la adopción de la libre flotación de las monedas, especialmente entre los países centrales del sistema. Dentro del marco de este nuevo ordenamiento financiero hegemonizado por la divisa norteamericana, se produjo la “crisis de la deuda” de los años 80 de tan ingratos recuerdos en América Latina; luego la “crisis del tequila” a fines de 1994, que se propagó a toda nuestra región afectando especialmente a la Argentina. A fines de los 90 la inestabilidad e incertidumbre que acompañan la extrema volatilidad de los capitales especulativos, dejaron su impronta sobre las economías de Rusia, América Latina y del sudeste asiático. Y ahora, en el corazón mismo del capitalismo (Nueva York, Wall Street) los EEUU vuelven a probar en carne propia lo que creían haber superado tras el trauma de los años 30, obligando a un régimen de salida como el de Bush a “tragarse” uno de los mandamientos neoliberales referido a la “prescindencia” del Estado. Por cierto, el neoliberalismo nunca fue consecuente a la hora de aplicar sus rígidos preceptos, con el mismo rasero que a los países periféricos, al núcleo de los países centrales del capitalismo (especialmente EEUU).
El sinsentido anotado sirvió de justificación para la globalización financiera que experimentó vertiginosamente el mundo desde los años 70, mediante el libre desplazamiento y movilidad -en tiempo real- de las corrientes de capital, así como de uno de sus subproductos: la “financierización”, término que oculta la irracionalidad de ese capital a través de su búsqueda desmesurada -y desesperada- de rentabilidad inmediata, que ha puesto incluso en aprietos los mecanismos de regulación existentes. Ni los mismos bancos centrales se salvan del cuestiona-miento que se merecen (el FED norteamericano en este caso), por su actitud permisiva y condescendiente. Esta permisividad es justamente una de las herencias dejadas por el neoliberalismo de los tiempos de la administración Reagan, en los años 80, que hizo de “la no interferencia con el mercado y la continuación del proceso de liberalización global de los movimientos internacionales de capitales, bienes y servicios” uno de los fundamentos sagrados que adoptó su política económica internacional, para restituir la hegemonía económica norteamericana que venía de un franco proceso de deterioro en los 70.
La irracionalidad se revela tal cual es justamente porque lo que comenzó como crisis en un vector localizado del sistema financiero norteamericano (el mercado inmobiliario), terminó amenazando en convertirse en una “crisis sistémica” obligando al “salvataje” financiero -mediante intervención pública- para socializar las pérdidas y evitar así el colapso del conjunto y su inevitable impacto a escala planetaria, dado el encadenamiento espacial y temporal entre los diversos instrumentos financieros implicados. De manera que la autonomía e independencia, o la “exogeneidad” adscrita a las tesis monetaristas, que se postularon para ese tipo de capital puramente dinerario y especulativo han demostrado ser aparentes, pues en última instancia -como lo muestra fehacientemente el reciente episodio norteamericano- su crisis de realización es cubierta por el ahorro de todos y con dinero público, siendo esto último el costo mayor que paga la sociedad por el desastre a que lleva toda fiebre especulativa generadora de “burbujas financieras”.
Interpretando la crisis desde la crítica de la economía política
Desde el colapso del sistema de paridades fijas sustentadas en el sistema oro-dólar, se acentuó el carácter fetichista al mismo tiempo que irracional de la economía mundial. En términos abstractos y en el marco de la fórmula general del capital, la relación D-D’: “capital que rinde interés” (Marx), expresión de la metamorfosis del capital especulativo con su propia lógica aparentemente autónoma, pasa a tener preeminencia dentro del “movimiento (general) de cosas”. A nivel del conjunto de intercambios internacionales de mercancías y flujos monetarios, ello se refleja nítidamente. Si tenemos en cuenta la larga cadena de operaciones, cubiertas o encubiertas, que alimentaba la burbuja financiera que recientemente explotó y se originaba en el mercado hipotecario americano, la expresión D-D’ se queda corta y debería expresarse en realidad mediante esta otra notación:
D - D’ - D” - D”’ - … Dn (a)
Cuando Marx representa la relación D-D’ o esta otra: M-D-M, que representa la circulación mercantil (en este segundo caso, teniendo de mediador al dinero como equivalente general), lo hace para dar cuenta de relaciones entre cosas; es decir, la relación fetichista entre los poseedores de mercancías (M) y los poseedores de dinero (D). Para Marx toda relación mercantil -y el dinero que se presta es también mercancía- es una relación fetichista por dos razones: i] las relaciones sociales aparecen transfiguradas como relaciones entre cosas (mercancías y dinero); ii] en el acto del intercambio una cosa es “enajenar el producto del trabajo propio” y otra “adquirir el producto del trabajo ajeno” (el famoso quid pro quo), independientemente del uso o destino final de este último (acumulación o consumo). De ahí que: “Nada puede ser más desatinado que el dogma según el cual la circulación de mercancías implica un equilibrio necesario entre las compras y las ventas.”
Son pertinentes algunas observaciones:
Primera observación. Desde el punto de vista de su finalidad o uso, el capital que devenga interés puede significar: [1] préstamo de dinero que es invertido para fines productivos y/o comerciales; [2] dinero que se pide prestado para especular con los precios de mercado de los activos (v. gr. viviendas, otros inmuebles) u otros “precios” de la economía (tipo de cambio, tasa de interés interna o internacional; acciones, títulos y otras cotizaciones en bolsa), cualquiera sea la condición de solvencia o capacidad de pago de quien pide prestado. En ambos casos participan propietarios de dinero en calidad de prestamistas (v. gr. capitalistas individuales, bancos) y demandantes del mismo en el rol de prestatarios (sean empresarios, individuos o familias). El acuerdo resultante entre unos y otros está regido por una “transacción jurídica”.
Segunda observación. Todo capital que rinde interés implica: [3] que es un “valor que se valoriza a sí mismo”; [4] debe proporcionar una ganancia o utilidad monetaria para el prestamista (salvo que estemos hablando de un crédito para el consumo). Si genera ganancia empresarial estamos en una situación donde “el dinero funciona como capital”. Si proporciona una utilidad proveniente del juego especulativo, nos referimos a una situación donde el dinero recibido opera como capital usurario. Para que el capital prestado se realice (valorice), la ganancia por el valor de uso del dinero prestado debe ser mayor al interés (plusvalor). Algo parecido debe ocurrir con la utilidad especulativa.
Tercera observación. En el caso [2] el vínculo con la economía real desaparece o se hace más imperceptible que en [1], pues adopta la forma de un proceso completa-mente “exterior” que se multiplica y reproduce a si mismo: el prestamista adelanta su capital “como dinero o suma de valor, y retorna como suma de valor”, en la forma de dinero incrementado (capital adelantado o prestado + plusvalor). El caso norteamericano muestra que este hecho se realizó a una escala colosal, a través de una larga cadena de pagos (contenida en a). El plusvalor proveniente de la especulación y el derivado de la ganancia son una y la misma cosa (dinero), pero los mecanismos de su obtención sí son sustancialmente diferentes, dadas las condiciones internas (distribución del ingreso, condiciones de mercado y demanda, política económica y financiera del gobierno).
Teniendo en consideración lo dicho anteriormente, y poniendo el tema que nos ocupa en términos que podría comprometer el funcionamiento de todo el sistema, el reciente “colapso” de Wall Street nos obliga a plantear la cuestión (hipótesis) de si, con la globalización de los mercados, la utilización del dinero como capital estaría siendo crecientemente desplazada por la preferencia a emplearlo como “fetiche automático”. En otras palabras, planteamos críticamente que los procesos de producción y circulación de mercancías están dejando de ser instancias mediadoras en la fórmula general del capital D-M-D’, donde la letra “M” es la síntesis de esos procesos, y por tanto el capital dinero va divorciándose de ello, dejando así de expresar la unidad de la reproducción. Como sostenía Aníbal Quijano: “El capital financiero y la acumulación especulativa desenfrenada han pasado a tener el dominio del capitalismo mundial, del conjunto de la estructura mundial de acumulación.”
Si todo eso tiene sentido y visos de veracidad, el sistema estaría atravesando por un grave dislocamiento y fracturación en el funcionamiento del capitalismo, lo cual añade un rasgo relativamente novedoso a la “larga duración” de la crisis sistémica en que se debate el capitalismo. Wallerstein entiende por crisis sistémica “aquellas dificultades que no pueden ser resueltas dentro del marco del sistema, sino que deben resolverse por fuera y más allá del sistema histórico del cual las dificultades son parte.” En un trabajo anterior señalaba que la crisis sistémica se origina en el periodo 1914-1917, el cual -como sabemos- se cerró con la caída del muro de Berlín (“el corto siglo XX” como lo llamó el historiador británico Eric Hobsbawm). Sin embargo, la crisis de transición entendida como un largo periodo de “fallecimiento de la economía-mundo capitalista” permanece.
Marx no previó esa crisis pero, como acabamos de ver, ya estaba contenida en sus análisis del dinero y del dinamismo del sistema, en el propio proceso de reproducción que él representaba en el movimiento cíclico del capital (la metamorfosis siempre renovada de una a otra forma del valor). En el libro primero de El Capital Marx habla de la crisis dineraria, relacionada con la “función del dinero como medio de pago” y la explicaba en una nota a pie de página. El veía entonces la crisis dineraria como un fenómeno localizado y autónomo. En cambio, nosotros estamos (re)descubriendo otra crisis de mayor envergadura, que se incuba en el movimiento general del capital, que involucra e integra la “esfera directa de acción” del dinero en sí junto con la industria y el comercio. Con respecto a este conjunto de argumentos encontramos el siguiente pasaje que, si bien abstracto, es revelador: “Si la autonomización externa de aspectos que en lo interno no son autónomos, y no lo son porque se complementan uno a otro, se prolonga hasta cierto punto, la unidad interna se abre paso violentamente, se impone por medio de una crisis.”
Como recurso intelectual para empezar a superar la “escasez de comprensión” (Krugman), en el sentido de comprender el fenómeno más allá de sus manifesta-ciones externas, pensamos que la hipótesis que estamos planteando permitiría arrojar nueva luz y dar otro significado, no solamente a la crisis que se inició en EEUU como un problema de irrealización de hipotecas; también para explicar con otra mirada las crisis financieras ocurridas anteriormente y en otras partes del mundo, en los años 90 (México, Japón, Tailandia, Malasia, Indonesia, Rusia, Brasil).
Si juntamos entonces todas las “crisis financieras” relativamente recientes, incluyendo a la norteamericana, y las apreciamos -si bien formando una cadena de acontecimientos “nacionales”- como parte de un proceso más profundo, el sistema encuentra dificultades cada vez más acentuadas de realización, en función de la (auto) valorización del capital. En este contexto, la especulación financiera es utilizada como vía de escape que encuentra el capital ante la creciente dificultad de realización de la ganancia, o de su tendencia a la baja en esferas diferentes, como la productiva. Otro mecanismo -de solución temporal- implementado masivamente con la globalización, es la relocalización de los capitales de propiedad de grandes compañías y corporaciones por todo el mundo, comprendiendo los países que pertenecieron a la desaparecida “órbita soviética”, los “tigres asiáticos” y países de nueva industrialización (China, India, Brasil), así como los hoy denominados “emergentes” en el Sur y resto del tercer mundo; generando nuevas cadenas de valor de mercancías (Wallerstein), así como circuitos de valorización del capital que permiten contrarrestar la presión a la baja de los beneficios en el centro. Esto último debido, entre otras razones, al agotamiento de la extracción de plusvalía que se va proyectando desde los núcleos más avanzados del régimen de producción, donde la elevada composición orgánica del capital en las ramas más automatizadas hace que la capacidad de valorización del trabajo vivo con relación a los medios técnicos decrezca, o tienda a ello, pues los medios técnicos pasan a desempeñar crecientemente el rol de “agentes de producción”.
La contrapartida de todo ello son procesos de fragmentación territorial en los países donde se establece el capital que busca contrarrestar a toda costa la “nivelación” de ganancias a la baja, acarreando asimismo consecuencias al Estado-nación en términos de su “desterritorialización”.
Las sucesivas revoluciones tecnológicas han ido permitiendo la progresiva mercantilización de los recursos y otras formas de capital a nivel de todo el planeta, que con la globalización se lleva a cabo en una escala sin precedentes, nunca antes vista. Cada una de esas revoluciones e innovaciones (o desarrollo de las fuerzas productivas en el argot de Marx) imponía sus propios límites a la “incesante acumulación del capital” (Wallerstein). La globalización del mundo, la planetarización del capitalismo, o la mercantilización de la vida, constituyen los límites insalvables al crecimiento y reproducción incesantes del sistema, aunque el costo a pagar por esa irracionalidad es un imponderable debido al caos e incertidumbre inherentes a la transición en la que hemos ingresado como sistema-mundo.
Este es entonces el marco que estimamos apropiado para el debate que debe darse necesariamente, así como para la dirección que debería tomar la indagación en los planos teórico y práctico.
¿Dónde está la alternativa?
La actual crisis financiera de repercusiones globales no conlleva ningún colapso del capitalismo, pero sí activa o -mejor aun- pone de manifiesto sus propias contradicciones ratificando que, efectivamente, nos encontramos en una larga transición de agonía o de “fallecimiento de la economía-mundo capitalista”, como la llama Wallerstein. El capitalismo como sistema-mundo tampoco caerá por si solo a menos que tenga al frente una alternativa mundial de transformaciones, de cambio civilizatorio, que se encarna en nuevos sujetos históricos, sociales, colectivos. Esta alternativa, ni nada que se le aproxime, sigue estando ausente en el horizonte de los movimientos. Mientras eso no ocurra el sistema se vuelve más y más irracional, más y más destructivo, más y más prescindible, trivial y vacuo.
Las reformas como la que requiere urgentemente el sistema monetario internacional servirán solamente para postergar en el tiempo la crisis definitiva, aun cuando la hegemonía de una sola superpotencia (la de EEUU, en franco declive) sea sustituida por arreglos políticos entre los estados de los países centrales (los propios EEUU, Europa occidental, Japón) que involucren a los grandes capitalistas y corporaciones, así como los mercados de capital. Los acuerdos de Breton Woods, los organismos especializados que lo gestionan (FMI, Banco Mundial), ni las tertulias del Foro de Davos, resultan inservibles para mantener el sistema (menos todavía su “gobernanza”).
El "retorno del Estado" y por ende del activismo estatal en la economía es la solución momentánea para el corto y aun mediano plazo, para poder resolver las dificultades que se han presentado y procurar implementar nuevos mecanismos de regulación al manejo del sistema y los mercados que lo integran, a fin de evitar las “quiebras” o al menos de minimizarlas. Tener en cuenta que esa solución, como lo fue también en su momento tras el "rescate" financiero a raíz del crac del 29 y la implementación de políticas keynesianas, lo es solamente desde el punto de vista de los intereses sistémicos del capitalismo. Si se ven así las cosas, entonces se reiniciará un nuevo ciclo, que aunque de paso favorezca las políticas sociales, la misión principal del estado será reestablecer a largo plazo las condiciones de la acumulación de capital, y del capital financiero en particular.
Este sistema está agónico desde hace tiempo, y como civilización es pernicioso y decadente. El único futuro que nos ofrece a todos y todas es el de mantenernos aferrados al presente sin futuro, como consumidores apegados al “consumismo” insaciable, inducido por la publicidad, y cumplidores con el pago de deudas. Producir individuos alienados y socialmente disgregados por los mercados constituye una de las fuentes del verdadero poder del capital. Esta moderna dominación se completa con la enajenación del poder social por el poder de la representación de los políticos profesionales y la tecno burocracia (pública y privada, civil y militar). Las cosas no cambiarán sustancialmente en el futuro si la política se limita a resolver los conflictos intercapitalistas, sean estos transnacionales, corporativos o interestatales, ocultados mediante categorías fetichistas en la forma de problemas de “crecimiento”, inversiones, etc.; quedándonos de esa manera aprisionados por el sistema. En términos de Wallerstein (véase la nota 33), están vigentes las opciones abiertas al capitalismo histórico por la transición: ¿desintegración?, ¿decadencia?, ¿”transformación controlada”?, ¿revolución? Una pregunta más: ¿los mismos principios que sustentaran “la alternativa” que sustituyera al socialismo realmente existe, servirán y/o serían igualmente aplicables para lo que es su reverso, el capitalismo histórico?
Lima, octubre 2008
Ignacio Ramonet se hace eco y magnifica la opinión del premio Nóbel de Economía Paul Samuelson: “Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo”. I. Ramonet, «El fin de una era del capitalismo financiero. La crisis del siglo», Rebelión, 30 de septiembre 2008, www.rebelion.org/noticia.php?id=73489. Como afirmó atinadamente Oscar Ugarteche: “La crisis parece global pero es de Estados Unidos” (O. Ugarteche, «Pánico tras el Plan Paulson», ALAI, América Latina en Movimiento, 2008-10-06, http://alainet.org/active/26725); en otro lugar y de manera aun más contundente: “Es una crisis estadounidense que tiene un contagio a instituciones que compraron derivados [de] créditos que aseguran contra el impago de hipotecas.” (O. Ugarteche, «El efecto jazz», ALAI, América Latina en Movimiento, 2008-10-07, http://alainet.org/active/26750).
La siguiente cita permite apreciar que el episodio norteamericano de agosto-septiembre 2008 es parte de un fenómeno recurrente, cuyo precedente más cercano fue la crisis del sudeste asiático que afectó a las economías de Tailandia, Malasia e Indonesia, en 1997/98. Veamos: “Cuando los activos pierden valor, aquellos que los compraron con dinero prestado pueden enfrentarse a una ‘llamada de margen’: deben o bien invertir una mayor cantidad de su propio dinero o pagarle a sus acreedores vendiendo los activos y haciendo caer los precios aun más, un proceso que ha estado en el centro de la crisis financiera de los últimos dos años. Pero dejando a un lado estas patologías del mercado, hay otra razón más sistemática por la cual no se han cumplido las reglas: porque el riesgo moral se juega con el dinero de los contribuyentes.” Paul Krugman, De vuelta a la economía de la Gran Depresión, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1999, p. 115. Véase también Jürgen Schuldt et. al., La crisis asiática. Lecciones para América Latina, Quito, ILDIS-FLACSO-TRAMASOCIAL, 1998.
http://www.alainet.org/active/26852
Documentos Relacionados:Depresión, caos, bifurcación: ¿hacia el fin de la Historia del capitalismo? - Romero Reyes Antonio [2008-11-06]
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