ALAI, América Latina en Movimiento
2008-08-03
Peru
¿Hacia dónde van la política y el poder?
Antonio Romero Reyes
El debate político de los últimos días y semanas, particularmente en Lima, abunda sobre las ausencias en el reciente mensaje presidencial (28 de julio), o de lo lamentable (más de lo mismo) en que es conducida la política en el Congreso (se mostró con elección de la nueva Mesa Directiva un día antes). Estamos ciertamente ante manifestaciones de un problema mayor y más grave, que ha tocado fondo desde hace rato, y que aparentemente no parece tener visos de solución. Me refiero a la crisis de la política en nuestro país. Esto incluye no solamente la forma como se manejan las instituciones gubernamentales, o los estilos políticos de funcionarios y gobernantes. La “crisis” a la que me refiero los sobrepasa largamente y ha escapado de sus propias capacidades de mediación y control. La crisis política amenaza convertirse en una crisis sistémica en el Perú, porque la política bien entendida (en términos de “totalidad”) involucra otras dimensiones sociales y sus interrelaciones, tanto materiales como intersubjetivas; por tanto, no se trata de la política encerrada-en-si-misma, como política “tradicional” tal como es usualmente asimilada.
Se equivocan quienes sostienen o dan a entender que mientras la economía siga boyante para unos cuantos adinerados, la política puede seguir tal como está; es decir, que nada cambie y todo siga igual. Esta manera de pensar la economía, aun por los economistas edulcorados con el “modelo” neoliberal, al margen y aun contrariando la política, sí que resulta verdaderamente arcaica y propia de una razón colonial. Esta última nada tiene de “modernidad”, de la que se jactan nuestras élites. Los artículos presidenciales sobre el “perro del hortelano”[1] están permeados justamente con esa razón instrumental de la política y el poder en el Perú, la cual es compartida por toda la derecha peruana (económica, política, cultural y mediática). Una manifestación de la crisis de nuestra política, en la arena institucional, está señalada en una columna de opinión: “El gobierno prácticamente ha liquidado al Acuerdo Nacional y sus 20 políticas consensuadas con todos los partidos.”[2]. Coincidiendo con el mismo autor, la verdadera política de Estado del actual régimen fue dada antes de esa fecha: “el huaico de 100 decretos legislativos fue el mensaje del 28 'antes del 28'”. En este contexto, los artículos sobre “el perro del hortelano” constituyen la elaboración doctrinaria del neoliberalismo como resultante del viraje aprista post elecciones presidenciales del 2006.
Una lectura de la realidad peruana actual, transcurridos dos años del segundo gobierno aprista, aunque viendo también su relación de continuidad con gobiernos anteriores, permiten hacer el siguiente ejercicio prospectivo.
Tenemos un escenario predominante donde están claras -para sus impulsores y defensores- las orientaciones estratégicas de la economía, a través de la cual se conduce la política y al país todo, comprendiendo a incluidos y excluidos. La expresión suprema de esta orientación son los acuerdos de TLC con EEUU, y los que se buscan concretar con grandes bloques y países (UE, APEC, China). Recogiendo las proyecciones divulgadas por la revista Caretas Nº 2037 (“¿Ahora se salvó el Perú?”), y suponiendo la continuidad de la “bonanza” exportadora -por tanto la mantención y reproducción del “modelo primario exportador”-, así como tasas de crecimiento del PBI que no bajen del 5% anual, se esperaría que este estatus quo perdure durante dos décadas, o al menos hasta el 2025. Así las cosas, hay neoliberalismo para rato en el Perú. Por eso, la alianza apro-fujimorista debe ser colocada en su real dimensión y perspectiva, que va más allá de una posible reducción del “castigo” que merece el procesado ex-presidente Fujimori. Si este es el escenario que depara a los peruanos y peruanas en el futuro, ya nos podemos imaginar que pasará con la política.
Para ilustrar lo dicho, acudimos a la opinión del sociólogo portugués Boaventura De Souza Santos:
“Cuando el Estado privatiza el agua la compañía privada que va a controlar el agua tiene un poder político sobre los ciudadanos, el poder de la sobrevivencia de los ciudadanos, y esto es un asunto político, pero la compañía no es política sino económica. Entonces tenemos aquí un gobierno indirecto en que grupos económicos ejercen poder político en nombre del Estado. El Estado dice que los regula, pero es rehén de esos intereses y por eso, a la vez que regula, es regulado por ellos.”[3]
Lo anterior, desde luego, viene dándose en nuestro país desde la época del fujimorato, desde que se privatizaron a mansalva empresas públicas. Un ejemplo claro es lo que ocurre con la telefonía fija, y no sería extraño que ocurriese también con otros servicios igualmente esenciales para la calidad de vida y el desarrollo de las capacidades de las personas, como la salud y la educación. Proyéctese entonces este escenario en el tiempo, cuyos elementos ya están presentes y operando aquí en estas tierras, y tendremos -sin exagerar- un novedoso tótem: el totalitarismo de mercado, el moderno fetiche invocado por los edulcorados para exorcizar cualquier “amenaza” (interna o externa); fetiche y fetichismo que esconde la realidad del capitalismo de las transnacionales y sus estrategias de expansión/dominio sobre los territorios, recursos y productos del trabajo y la naturaleza. La cuestión en debate no son las exportaciones per se: es la ausencia de una verdadera estrategia nacional de desarrollo, que tome en consideración toda nuestra heterogeneidad estructural (geográfica, social, cultural, tanto como económica) sin dejar fuera a nadie.
Lo anterior solo es un pálido esbozo de una realidad como la peruana, con muchas tonalidades y matices, heterogénea pero a la vez diversa, por tanto mucho más compleja. Por eso, de acuerdo con Boaventura De Souza:
“… hoy no es posible una teoría general que incluya toda esta diversidad. […] nosotros en este momento no necesitamos de una teoría general, sino una teoría general sobre la imposibilidad de una teoría general. Tenemos que estar de acuerdo en que no es posible una teoría general, que ningún movimiento tiene la verdad revelada, que no hay movimientos privilegiados porque no hay sujetos históricos – todos somos históricos y son sujetos todos los que se rehúsen a ser objetos.”[4]
Ese argumento es aplicable no solamente a los “movimientos”. Con mayor razón aun, su validez alcanza igualmente a los partidarios del “pensamiento único”. El neoliberalismo no es una “teoría general” ni una “verdad revelada”. La teoría del “chorreo” derivada de allí ha devenido, en nuestro país, en “cuento chino”. Sin embargo, nuestros gobernantes, políticos y tecnócratas edulcorados persisten en seguir con lo mismo, aun cuando el escenario latinoamericano haya cambiado con relación a los años 90. En este ámbito, el Perú se proyecta como el Estado más neoliberal de la región, y, más aun, como uno de los países más derechizados y derechizantes, empezando por su propio “centro” de poder en Lima.
Pasando al otro lado, siguiendo el esquema derecha-izquierda, es necesario fomentar un debate sobre la izquierda peruana hoy. Más que necesario, es urgente y de suma importancia, por varios motivos:
1º) El espacio de izquierda es políticamente inexistente en el Perú, aunque reconozcamos la presencia de los “viejos” y nuevos partidos, antiguas y nuevas nomenclaturas. Es un espacio que se quedó “vacío” luego de la debacle de los años 90, en que simplemente “desapareció”.
2º) Entre la izquierda de ayer que cubre varias generaciones (desde los 60 hasta los 90) y los nuevos contingentes que se acercan existe no solamente discontinuidad temporal, sino también distancias generacionales. Una de las consecuencias de ello es la incomunicación existente y el rechazo de los/las jóvenes hacia los partidos de “viejo cuño” (rechazo al “centralismo democrático”) y la preferencia hacia organizaciones más abiertas y plurales (p. ej. los numerosos “colectivos” de jóvenes, las redes temáticas). De ahí el resucitado protagonismo de los viejos líderes y caudillos, junto con sus partidos, correlacionado con la ausencia de renovación de nuevos liderazgos, proveniente de sectores populares en primer lugar.
3º) La brecha anterior podría cerrarse, o al menos buscar reducirla, si se emprendiera seriamente un balance de toda la experiencia histórica del periodo previo. Este planteamiento no es nuevo ni obedece a un prurito intelectual;[5] debe servir más bien para “refundar” nuevas relaciones y estilos de trabajo con los sectores populares, así como entre corrientes, movimientos, partidos y liderazgos que se adhieran en la dirección de una izquierda que busque renovarse “en serio” en términos de ideas, idearios, lineamientos comunes, estrategias que se comparten, etc., pero también renovándose en términos de una agenda común y de direcciones políticas verdaderamente populares. Un balance es siempre necesario y mejor aun si se hace colectivamente, participativamente, para decirle a la sociedad qué se hizo (hicieron) bien y qué se hizo (en qué se actuó) mal, entre otros muchos aspectos. Los “golpes de pecho” y los “mea culpa” son insuficientes e inservibles, si lo que se pretende es la recuperación de un espacio que sea esta vez perdurable en nuestro país.
Recientemente,[6] César Hildebrandt fustigó duramente a la izquierda peruana, refiriéndose a ella con distintas menciones: “versión armada del marxismo”, izquierda “anacrónica” (queriendo decir: “señores de Sipán del leninismo”), la “vieja izquierda viuda de Mariátegui”. Asumiendo que haya aludido a una parte del espectro izquierdista, podemos identificar cuáles son los partidos que el sr. Hildebrandt tiene en mente cuando escribe de esa manera. Para decirlo de una vez: Sendero Luminoso, PCdelP “Patria Roja” y PCP “Unidad”, respectivamente. La mofa, burla o ridiculización que denotan sus palabras buscan al mismo tiempo llamar la atención sobre un problema mayor cuya expresión en la “izquierda” es patética, y él mismo lo dice de manera contundente: “Casi todo en el Perú actual trasunta una cierta zafiedad”. Ciertamente son palabras duras, pero con honestidad debemos reconocer que al menos contienen una parte de verdad. En nuestro país abunda la mediocridad, que en algunos casos está encubierta con poses de arrogancia, empezando por los poderes públicos y los políticos que conducen el Estado (ciertamente hay excepciones, pero son excepciones que “confirman la regla”). Debemos tomar las palabras más duras de Hildebrandt (son las rabias del autor) como un reto, antes que como una ofensa. En todo caso, que se ofendan los aludidos.
Lima, 3 de agosto 2008
- Antonio Romero Reyes es economista peruano, consultor e investigador en desarrollo regional. Especialista en planificación y proyectos de desarrollo económico local.
[1] Son los tres artículos publicados por el Presidente García en El Comercio (EC): “El síndrome del perro del hortelano” (EC, 28-10-07); “Receta para acabar con el perro del hortelano” (EC, 25-11-07); “El perro del hortelano contra el pobre” (EC, 2-03-08).
[5] Intelectuales y políticos de izquierda como Alberto Adrianzén, Eduardo Ballón, Carlos Iván Degregori, Alberto Flores Galindo (1949-1990), Carlos Franco, José Ignacio López Soria, Rodrigo Montoya, Javier Diez Canseco, entre otros, se han referido a la crisis de la izquierda peruana y la importancia de su renovación. Esta corriente viene ya desde los años 80. Un libro poco usual por su temática para el Perú, pero que tiene relevancia para el contexto del que hablamos, es el de Guillermo Rochabrún, Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú, Lima, IEP, 2007. Una reseña del mismo y de la biografía intelectual del autor, puede verse en: http://martintanaka1.blogspot.com/2007/12/guillermo-rochabrn-marxista-crtico.html
http://www.alainet.org/active/25562
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