ALAI, América Latina en Movimiento
2008-07-17
AmericaLatina
Hacia dónde va la historia de América Latina?
Natalia Sierra
Disolución de la Transferencia
En términos generales la Historia se presenta para el pueblo como la narración de un sujeto trascendental, sujeto supuesto de saber poseedor del “secreto”, aquel que conoce la clave que descifra el destino del pueblo; este “falso reconocimiento” es lo que los psicoanalistas llaman transferencia. La angustia frente a un destino incierto que hace evidente nuestra indigencia como especie hace que depositemos en Otro el saber sobre el destino de la humanidad. Ese Otro es una entidad suprahistórica, llámese espíritu absoluto, Dios, Razón o Fuerzas Productivas, que mueve los hilos de la Historia de la cual el individuo integrante de un pueblo y el pueblo mismo quedan excluidos. De manera arbitraria voy a decir que hay dos épocas históricas en América Latina, dos narraciones: a) una que comprende el tiempo que va desde la llegada de los conquistadores hasta el fin de la colonia española o portuguesa y, b) aquella que se abre desde el nacimiento de la República hasta nuestros días.
Tanto la primera época histórica como la última son narraciones hechas por ese Sujeto trascendental poseedor de la clave que descifra el destino de los pueblos de la América Latina. En la época de la Colonia el sujeto trascendental supuesto de saber que contaba nuestra historia era Dios, a través de sus representantes en la tierra: La Corona Real en alianza con la Iglesia Católica. La República tiene a la Razón como el Sujeto trascendental que narra la historia del continente por medio del Estado Oligárquico Burgués y sus distintos gobiernos y gobernantes. Está claro que estos dos Sujetos trascendentales supuestos de saber articulan una continuidad histórica, una continuidad narrativa que tienen como fundamento la dominación, y por lo tanto logra la continuidad de la dominación como “destino necesario” de los pueblos de Latinoamérica.
Entre la primera época histórica y la segunda, ambas narradas y construidas desde el discurso del vencedor como diría Benjamín, hay un quiebre, digamos una borradura en el texto narrativo, en palabras de Zizek: la “…intrusión de un cierto Real no simbolizado.” Eso y no otra cosa fue la revuelta popular que posteriormente se la bautizó como Revolución de la Independencia, y eso, y no otra cosa, son todas las revueltas populares que tuvieron lugar en el continente en la época Colonial y en la Republicana hasta nuestros días. Estallidos de lucha popular que no son sino el síntoma, es decir el retorno de la historia reprimida de A. L., retorno de todas las luchas populares sofocas, de todo lo que pudo ser y no fue, de los intentos “prematuros” y “fallidos” que fueron integrados al relato de la historia hegemónica desde el discurso dominante o simplemente olvidados y así reprimidos.
Las violentas revueltas populares de cada ciclo histórico son al principio experimentadas como un trauma contingente, por ejemplo en 1492 la rebelión del cacique Caonabo y su esposa Anacaona, las revueltas de Tecum-Uman y sus diez mil guerreros, La revuelta de Rumiñahui, la revueltas de Sepé Tiarajú en Brasil, la rebelión de Tupac Amaru a finales del siglo XVIII en el Cusco, la revuelta de 1761 encabezada por Jacinto Canek en Yucatán, La revueltas populares de Zapata, Alfaro, Sandino, Marti, etc., el Caracazo del 98 en Venezuela, el levantamiento indígena del 90 en Ecuador se vivieron como ese Real no simbolizado y reprimido por la narración oficial, cuyo retorno a lo largo de la historia provoca borraduras en su texto narrativo. Aparecimiento del síntoma que fue interpretado por el mismo Sujeto trascendental que ha venido descifrando nuestro destino, interpretado e integrado a la misma totalidad narrativa de siempre.
Sin embargo, lo reprimido que retorna en cada levantamiento popular, que borra el texto histórico una otra y otra vez, hace que el pueblo, en un momento, se de cuenta que la historia-narración de ese sujeto transcendental supuesto poseedor del saber sobre su destino, no está escrita de antemano, sino que se hace con cada uno de sus actos, en sus intentos fallidos y prematuros. Se da cuenta de que no hay un Sujeto trascendental llamado Dios, Razón o Progreso que tenga el secreto para descifrar el curso de su destino, y que tampoco hay grandes e importantes individuos que se hayan iniciado en el secreto de la historia. Se da cuenta, como diría Zizek, de su error de perspectiva que le mantuvo esperando por más de 500 años que ese Sujeto trascendental supuesto de saber le revele el secreto para descifrar su destino como pueblo; es decir, parafraseando a Zizek, sitúo la historia como narración del Sujeto trascendental, hecha por los dominadores, “como una vía para la revelación final del ‘secreto’”, pero el secreto ya se revela en la propia narración, diremos en la propia historia: en la medida en que la historia como narración del Sujeto trascendental capta el deseo del pueblo, en tanto que el pueblo esta absorto por la narración de este Sujeto supuesto de saber y está dispuesto a actuar según el relato se lo indique, el relato que parece guardar las claves de su destino.
Cuando el pueblo se da cuenta que el secreto de la historia-narración reside en su propio deseo, en el hecho de que la narración de los vencedores ha sabido tomar en cuenta su deseo, ese que irrumpe en sus revueltas populares, e integrarlo en el orden simbólico dominante y así construir retroactivamente los hechos históricos donde él queda excluido; ese instante corresponde a la disolución de la transferencia. Vale decir que para fines del siglo XX la radicalidad de la política económica neoliberal alimentó el crecimiento de la pobreza, la exclusión y la expulsión social, proceso que tensionó el antagonismo social provocando la repetición de revueltas populares en todo el sub-continente, diremos que se da una especie de concentración de la repetición de la intrusión de lo Real no simbolizado que disuelve la transferencia. En otras palabras, para finales del siglo XX los pueblos de América Latina parecen darse cuenta que la historia no es la narración de un Sujeto trascendental supuesto de saber que contiene el secreto sobre nuestro destino, sino que el secreto reside en nuestro propio deseo, en el hecho de que el narrador sabe como tomar en cuenta nuestro deseo. Es en ese instante que el pueblo estalla en violencia y sale de la transferencia, y la historia-narración se suspende y se abre un paréntesis a-histórico, una borradura en el texto de la modernidad capitalista que encausaba el destino de América Latina.
La lucha de las cacerolas en Argentina, el llamado Caracazo en Venezuela, los levantamientos indígeno-populares en el Ecuador, la guerra del gas y del agua en Bolivia, etc., desmontaron la ficción imaginaria de la democracia liberal oligárquica que se sostenía en nuestros países desde la vuelta a la Democracia, luego de varios años de dictaduras militares. El desenmascaramiento de la insustancialidad del discurso oficial debilitó al extremo la institucionalidad política hegemónica, al tiempo que arrinconó y deslegitimó el poder de la ya gastada oligarquía neoliberal que se había apoderado del Estado Nacional en alianza con las transnacionales. Las grandes mayorías del pueblo dejaron de creer en el relato de la democracia representativa, en el papel del Estado, y específicamente del Gobierno, como expresión del interés general de la sociedad; esta pérdida de fe en la institución política es lo que tensionó la lucha de clases en el subcontinente que suspendió la historia-narración oficial y abrió un escenario de conflicto, donde no hay sujetos supuesto de saber, ni grandes individuos que dirigen la historia.
Paréntesis a-histórico
Disuelta la transferencia la historia es un punto de condensación de la lucha política de clases, esto es, la lucha por definir quién, qué clase social va a organizar la nueva ficción simbólica, digamos la nueva narración histórica que se haga efectiva en relaciones económicas, políticas sociales y que instauren una institucionalidad que permita la reorganización del orden político. Son estos momentos donde la historia se revela abierta a todos y cada uno de los hombres, a las masas, a las clases y las naciones como un escenario de juego-confrontación donde cada unos de éstos participa, tiene su papel y nada lo pueda excluir. Es en este gran escenario donde lo indios, los negros, lo excluidos, los subalternos y revolucionarios, al igual que los capitalistas, burgueses, pequeño-burgueses y oligarcas, tienen su lugar en el tablero donde la historia ya no es una narración, sino un juego-confrontación. El conjunto de relaciones entre los hombres se han transformado en confrontación política, en la medida en que las clases dominadas, por efecto del enfrentamiento de su acción (revueltas populares) con la acción de los dominadores, han podido descoserse de la narración dominante, suspender la transferencia y romper, desde la borradura del texto hegemónico, la Totalidad ideológica dominante. En otras palabras diremos que el subalterno al enfrentar su acto con el acto del otro sabe que el otro no es el sujeto que sabe su destino, sabe que el otro es el enemigo, así como saber quien es él mismo, el él subalterno, el excluido de la historia-narración del otro dominante.
De este modo, la historia deviene en un escenario complejo, escenario de los distintos y antagónicos intereses sociales en juego. Intereses de la vieja oligarquía y burguesía que ha permanecido en el poder desde hace más de doscientos años, intereses de los grupos de poder transnacional ligados a la hegemonía norteamericana, intereses de los nuevos sectores de la naciente burguesía nacional y a aquellos grupos burgueses no articulados al polo norteamericano, sino al surgimiento de nuevos polos del capital mundial, intereses de los diversos sectores subalternos que pugnan por romper las viejas instituciones de poder de las clases dominantes nacionales y globales.
Es en este escenario donde surgen grupos e individuos que van a cumplir ciertos papeles históricos, estoy pensado en el caso de los movimientos y organizaciones sociales como el movimiento indígena en Ecuador o Bolivia, el movimiento Sin Tierra de Brasil, el Ejército Zapatista de liberación en México, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, el movimiento de los piqueteros en la Argentina, los movimientos ciudadanos, los movimientos ecologistas, los movimientos de mujeres, etc., o, a nivel de individuos, Hugo Chávez, Evo Morales, el mismo Álvaro Uribe del lado de la derecha conservadora pro-imperialista, Ignacio Lula da Sila, Cristina Fernández, etc. Todos estos sujetos y otros van a cumplir su papel histórico con arreglo a sus conocimientos y a su saber respecto de sí mismos y del otro u otros; saberes y conocimientos que se corresponde a distintos campos ideológicos enfrentados que hacen imposible una sola narración, una historia. Así, el escenario abierto por la ruptura de la totalidad narrativa es absolutamente incierto, no hay cálculo ni previsión que asegure a ninguno de los sujetos políticos en conflicto la victoria, basta mirar a Colombia como uno de los puntos de conflicto más agudos en el escenario regional. No hay aquí sujeto trascendental que pueda saber el destino final de este escenario de conflicto.
Un escenario de confrontación, supone sujetos políticos estructurados de otro modo que como partes de una totalidad narrativa. Los sujetos enfrentados no se oponen dentro de una totalidad narrativa abarcable, se niegan a pertenecer a una totalidad, rechazan el punto de convergencia, porque no lo hay, rechazan la ley, porque no tiene autoridad preformativa. Cada sujeto político se afirma en su sí pues no existe la totalidad narrativa que le otorgaba su identidad dentro de la misma. En el caso de América Latina hay todavía la puja de los grupos dominantes por rearticular la vieja totalidad narrativa y esta acción es justamente su papel dentro del escenario de confrontación, estoy hablando del bombardeo mediático de discursos como el del Terrorismo y Antiterrorismo que buscan sostener la ficción de la totalidad armónica agredida por ese otro indeseable que ataca desde fuera, o el discurso de los ciudadanos, categoría política que como se sabe es una forma de invisibilizar la contradicción de clases y construir la supuesta armonía social. Por el otro lado, la acción de los subalternos busca desmontar la narración hegemónica, es decir impedir la reconstitución de la totalidad narrativa en la cual su voz dejo de existir.
En este escenario el sujeto político corre el riesgo de su propia desaparición como actor en el tablero del juego, ya que ningún cálculo ni táctico ni estratégico garantiza la victoria sobre los otros adversarios políticos, ningún cálculo decide el resultado de la onfrontación. Acaso no es esto lo que estamos observando en el conflicto Colombiano, las mejores estrategia y cálculos político de Uribe con su apoyo norteamericano no aseguran su victoria política ni militar sobre las FARC, ni viceversa; lo mismo sucede cuando pensamos en el destino de la unión Latinoamericana, es difícil saber cual va a ser su orientación, si la propuesta Bolivariana de Venezuela o la propuesta de Brasil o quizás otra que venga desde el lado de la izquierda más radical. En esta situación se mantiene una tensión entre la confianza que cada sujeto político tiene en sus propias posibilidades y el riesgo absoluto de su propia aniquilación política. La historia como suspensión narrativa nunca esta determinada antes de que devenga narración, el curso y el resultado de la confrontación están contenidos en la confrontación misma y en la voz que interrumpa dicha confrontación, para empezar el relato que reconstruya retroactivamente dicha suspensión, digamos simbolice lo Real.
La confrontación supone la trascendencia política del antagonista. La falta de totalidad narrativa da paso a una relación de sujetos políticos separados que se buscan para trascenderse políticamente y es al interior de esta dinámica que se da la relación de violencia política entre los adversarios. La estructura interna de la violencia de sujetos políticos separados esta dada por el hecho de que cada sujeto es a la vez apresable e inapresable por la acción del otro sujeto. Es esta ambigüedad lo que conlleva a la incertidumbre, la incalculabilidad y en consecuencia a la apertura y falta de conclusión en la historia como paréntesis que abre el escenario de juego político.
Por último, la ruptura de la totalidad narrativa abre otra relación del pasado, el presente y el futuro, estos tres momentos normalmente articulados en una cadena narrativa lineal, se condensan y abre el por-venir; el por-venir es siempre apuesta y riesgo, certeza y ambigüedad. El no tiempo de la condensación de pasado presente y futuro, parafraseando a Levinas, se podría entender como: la noche del murmullo anónimo del hay, de la promesa de un aún-no, posibilidad de lo que no-es. El tiempo condensado abre el deseo de otro mundo, es el tiempo donde se produce lo que va más allá de lo posible. Lo más allá de lo posible esta dado por la inexistencia de escritura, por esa ausencia de narración que siendo la llamada del ser-para la muerte es al mismo tiempo una modalidad del ser contra la muerte; siendo el vértigo del ser para la muerte es una “…retirada frente a la muerte en el seno mismo de su cercanía inexorable.” En este tiempo de suspensión temporal, tiempo de confrontación y de guerra, la muerte, como borradura definitiva de la historia, como desaparición de texto social, se aproxima a los sujetos políticos enfrentados que, siendo hijos de ella, se alejan de ella en el aún-no del más allá de la posibilidad. Desde esta perspectiva, es en la condensación del tiempo que el tiempo que separa al sujeto de su muerte se realiza, en tanto que cada sujeto político enfrentado al otro busca retirarse de su muerte política, busca ir más allá del tiempo suspendido, busca ir a ese otro mundo que se abre como promesa futura o pasada.
El tiempo condensado es de otra parte una discontinuidad temporal desde donde se puede mantener una distancia con la ideológica, justamente porque la suspensión temporal de la cadena pasado-presente-futuro provoca un vacío narrativo que no puede ser ocupado por ningún discurso (convergente) definido positivamente, es decir convertido en soporte de la restauración de la totalidad narrativa en la que encuentran existencia común los sujetos políticos enfrentados. El enfrentamiento es en si mismo una relación de violencia que amenaza la vida política de los sujetos confrontados, los mismos que desconocen el momento y el lugar exacto donde la muerte les puede sorprender, es así, la incertidumbre de su destino político lo que provoca el miedo que les obliga a retirarse de algún nexo consensuado que pueda aproximarles al otro que está contra mi. Entre estos sujetos enfrentados no hay puntos en común, no hay discursos compartidos, pero tampoco hay discursos propios, en sí mismos “verdaderos” que puedan definirse positivamente, ya que ningún discurso está inscrito en la naturaleza de este escenario de conflicto, pues él mismo es la negación de lo “necesario” que sostiene una Totalidad narrativa. Cual de los discursos, dentro de esta confrontación política, logre romper el silencio narrativo propio de esta confrontación dependerá de la lucha por la hegemonía discursiva desestructurante o estructurante de la narración anterior. Es importante tener en claro que el resultado de la lucha por la hegemonía discursiva, como sostiene Zizek no se encuentra predeterminado “ni garantizado por ninguna necesidad subyacente o alianza natural.” Ahora bien, cuando la voz irrumpa el silencio desaparecerá, es decir la confrontación terminará, y se iniciará una nueva narración, digamos una nueva totalidad histórica o a su vez se reiniciara la reescritura de la misma narración que fue suspendida, es decir la repetición de la historia pasada. Lo que nunca se sabe, dentro del escenario de conflicto, es cual va a ser la narración y cual el narrador.
Atravesando la Fantasía
Según dice Zizek, disolver la transferencia no es lo mismo que atravesar la fantasía ideológica, lo segundo implica que el pueblo se de cuenta que solo creyendo en la trascendentalidad de la historia, digamos en su necesidad, la historia cumple su cometido.
Como se dijo en la parte primera de esta reflexión, los sectores populares de A. L. estaban atrapados en una relación de transferencia por la cual suponían que la historia era la narración de un Sujeto trascendental supuesto de saber que se encarnaba en el Estado, el Gobierno y en consecuencia en las clases dominantes, apoderadas de estas instancias políticas. En varias ocasiones de esta larga historia de transferencia, como ya se dijo, el pueblo estalló en violentas insurreccione populares que era la forma de decir que no creen más en el supuesto saber que las clases dominante tienen sobre su destino. La insurrección popular es una manera de decir: No hay ningún secreto sobre nuestro destino, lo que ustedes hacen es dominarnos, manipularnos para que hagamos lo que ustedes quieren que hagamos a propósito de seguir esperando la revelación del secreto que no existe. Ahora bien, es en ese momento de insurrección en el cual el pueblo ya dice, sin saberlo, el contenido del secreto: que su destino es ser la clase dominada explotada y engañada por haberse cosido a la narración del dominador, por esperar un secreto que no existe.
Desde esta misma perspectiva, y siguiendo las reflexiones de Zizek, diremos que en el mismo momento en que la clase dominante va articulando su texto narrativo va revelando al pueblo, que la escucha, el secreto que éste busca, es decir el contenido de su destino, que no es otro que el ser dominado por el narrador, ser la clase dominada por la narración del dominador. Un destino narrado por la clase dominante y actuado por el pueblo. Es así que, por medio del engaño la clase dominante (encarnaciones de ese sujeto supuesto de saber) han mantenido su palabra, esto es: han enseñado al pueblo el secreto sobre su destino. La revelación del secreto no se encuentra al final de la historia-narración, sino que se abre a lo largo de la misma narración. .
Pero que significa esto ser dominado por el narrador?
El secreto fascinante que ha llevado al pueblo a seguir con atención la historia-narración de la clase dominante, que implica no solo oír, sino actuar en atención a dicho texto, “es precisamente el objet petit a lacaniano, el objeto quimérico de la fantasía, el objeto causa de nuestro deseo (saber, conocer nuestro destino y más aún creer que tenemos un destino), y al mismo – esta es la paradoja – propuesto retroactivamente por este deseo; cuando atravesamos la fantasía tenemos la vivencia de cómo esta fantasía-objeto (el secreto) solo materializa el vacío de nuestro deseo.”
El deseo de la fantasía-objeto, esto es: el deseo que nos provoca el descubrimiento del secreto, el descubrimiento de nuestro destino como pueblo, solo existe después de que se ha establecido como secreto, es decir que el secreto sobre nuestro destino que mueve nuestro deseo solo materializa el vacío de nuestro deseo. Llenar el vacío de nuestro deseo por el objeto-deseo, es decir, por el descubrimiento de un destino que no existe. Antes de que nuestro destino sea un secreto que desconocemos, esto es, antes de que se nos haya excluido del conocimiento sobre nuestro destino y que por conocerlo tengamos que hacer todo lo que la clase dominante, “supuesto sujeto poseedor del secreto”, nos pidan que hagamos para acceder a dicho conocimiento, no había deseo por conocerlo, no había destino que descubrir.
Siguiendo nuestro vamos a releer la historia-narración de A.L. de esta manera: el desembarque europeo en este continente suspendió la historia-narración indígena prehispánica y abrió un período de silencio narrativo que se acaba con la conquista, es decir, con la victoria de lo europeos. La conquista es, así, la voz europea que irrumpe en el silencio y empieza a formar la totalidad narrativa llamada historia de A. L., sobre la base de forcluir lo indígena. Así, el conquistador se convierte en ese sujeto supuesto de saber, en el poseedor del conocimiento sobre el destino de los pueblos conquistados. La borradura de la historia-narración prehispánica arrojó a los habitantes indígenas a una aguda crisis de su existencia social; enfrentados a la muerte simbólica e incluso física entraron en una relación de transferencia con el conquistador que les devolvió contenido a su existencia al interior de una totalidad narrativa articulada por la voz del blanco. Desde esa época la voz ha sido la misma, el relato el mismo, el sujeto supuesto de saber el mismo y el objeto causa de nuestro deseo el mismo: saber cual es nuestro destino escrito desde siempre.
Buscando la revelación del contenido de ese destino hemos hecho todo lo que se nos ha pedido: En la Colonia nos hicimos cristianos, ese era la manera de pagar la revelación del secreto; a partir de la instauración de la República empezamos a hacernos ciudadanos, desde ahí vamos a la urnas a entregar nuestro voto, tributo para saber el secreto; hemos entregado la riqueza de nuestro trabajo, la riqueza de nuestra tierra, renunciamos a nuestra cultura; hemos venido renunciado y renunciado como pago a la revelación del secreto y nada. La narración que contenía el conocimiento de nuestro destino se hacía larga y más larga y no llegaba el final, que suponíamos era el momento de la revelación total. Para fines del siglo XX, después de quinientos años de este cuento interminable nos dimos cuenta, como en otras ocasiones, que ese sujeto supuesto de saber, llámese Iglesia-sacerdote-corona, llámese terrateniente-burgués-oligarca-mercado, llámese ciudadano-presidente-estado-razón-progreso-democracia-modernidad, en resumen Capitalismo no posee el secreto, simplemente porque no hay secreto. No tenemos escrito ningún destino y eso fue exactamente lo que nos estaba diciendo ese sujeto supuesto de saber a lo largo de su fastidiosa narración. Como ya dijimos anteriormente, varias veces dejamos de creer en la narración de ese sujeto supuesto de saber, y la transferencia fue suspendida, el problema es que no supimos atravesar la fantasía. Suspendida la transferencia y sin atravesar la fantasía lo que hicimos es volver a la relación de transferencia con las clases dominantes, volver a creer que son ellas las que poseen el conocimiento de nuestro destino. De esta manera, la misma voz narrativa se ha perpetuado durante estos quinientos años.
Lo que no nos hemos dado cuenta durante estos largos años es que mientras la clase dominante narraba, es decir hacían la historia, el secreto de nuestro destino, que nosotros suponíamos se abriría al final del relato, estaban escribiendo nuestro destino. Ahora bien, la escritura de ese destino se hace con cada acto nuestro, con cada renuncia, con cada tributo que pagábamos por conocer el final del cuento. Ese era nuestro destino: irlo haciendo, pues no había sido escrito, no había ningún texto para narrar, no había destino y por lo tanto no había claves de desciframiento, ni secreto. Nuestro destino se per-formaba en el instante en que la voz del narrador se materializaba en nuestros actos, en nuestras múltiples renuncias que eran el pago para que se nos revele el secreto. Nos estaban diciendo que no hay destino pre- fijado para un pueblo, que en cada movimiento, en cada acto vamos haciendo nuestro destino, que fuera de la narración no existimos. El problema es entonces quien narra, de quien es la voz, con quien hacemos la relación de transferencia?, lo que nos muestran es que antes de la voz siempre esta el silencio que permite poner otra voz y otra narración que materialice el vacío de nuestro deseo, que materialice la ausencia de destino. Nos están diciendo que necesitamos un destino, es decir una voz que cuente e invente un destino, un sujeto supuesto de saber que contenga la clave de desciframiento de nuestro destino que no existe antes de inventarlo. Nos están diciendo que ellos han sabido tomar en cuenta nuestro deseo, esto es inventar un destino y una clave de su desciframiento que de sentido a nuestra vida como pueblo.
Entendido esto es claro que la posibilidad de que como pueblo podamos construir un Yo- imaginario (tener narración, tener historia) se da sobre la base del falso reconocimiento de nuestras propias condiciones. Es necesario creer que nuestro destino está escrito desde siempre y que hay un sujeto supuesto de saber que conoce las claves de su desciframiento, de lo contrario perdemos la substancia como pueblo, nuestra congruencia ontológica, digamos histórica. En tanto que pueblo somos el efecto del falso reconocimiento, abolirlo significaría abolir la substancia que se supone se oculta detrás del falso reconocimiento, pues detrás del la forma de la narración no hay nada, no hay destino. La narración es la que per-forma el destino del pueblo, es decir su historia, entonces el asunto es cual es la narración y cual es la voz que narra.
Habíamos dicho que, parece ser que el sub-continente se encuentra en ese paréntesis a-histórico donde la narración se suspende y el silencio del tiempo condensado nos atrapa. Podría ser que este momento de silencio que vivimos vuelva a desaparecer por la irrupción de la misma voz que ha narrado la historia de latinoamericano desde la conquista; la eterna voz del vencedor convertido en Sujeto supuesto de saber y que, como otras veces a lo largo de esta historia, se repise un texto capitalista ya arrugado, se repita la misma narración vieja reciclando y reciclando contenidos gastados. De hecho, hay varios intentos de que este silencio se resuelva de esa manera, se oyen discursos que reutilizan viejos conceptos (ciudadanía, patria, estado, individuo, democracia, razón, etc.), de viejas promesas (modernización, progreso, industrialización, desarrollo, tecnologización, etc.). La misma voz y el mismo narrador con su misma narración pugnan por imponerse nuevamente como Sujeto supuesto de saber y su lucha es total para lograr su objetivo. Por otro lado, se oyen susurros que parecen traer otras voces distintas a las mismas de siempre, con otro texto, otra narración más allá de la narración capitalista. La voz Misma y la voz Otra se confrontan y como dijimos nadie puede saber como se resuelva dicho enfrentamiento, lo único cierto es que cada contendor, cada jugador busca por todos los medios posibles irrumpir con su voz en el silencio y empezar a narrar.
En este escenario entonces, y habiendo atravesado la fantasía, la lucha es, desde este lado de la orilla, desde el lado de los excluidos y expulsados, irrumpir con nuestra voz e ir hacia la construcción de Otro relato histórico, Otra historia-narración que integre los anteriores intentos fallidos y prematuros, anteriores insurrecciones, que integre lo Real dentro un una nuevo campo simbólico, dentro de una nueva red simbólica que hagan de éstos parte de esa necesidad histórica de liberación y emancipación humana. Para que, las anteriores insurrecciones se vuelvan en parte de la necesidad histórica del pueblo, digamos en parte de su destino es importante establecer una nueva relación de transferencia, esto es construir Otra encarnación del sujeto supuesto de saber, lo que algún día fuel el proletariado, como sujeto histórico de la revolución.
Es necesario inventar un destino Otro, inventar la necesidad de nuestra otra manera de estar en el mundo a partir de inventar otra clave de desciframiento que haga que en la necesidad de su aprehensión vayamos haciendo una historia diferente en la cual no haya lugar a tanto dolor humano y natural. Si no hacemos esto tendremos una revolución sin revolución que nos obligue a seguir escuchando la voz del Mismo.
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